Por qué un divulgador científico se sentó a debatir con un terraplanista, y por qué dos años después lo sigue defendiendo

Javier Santaolalla dice tenerle más miedo al que quiere prohibir el debate que al que niega la evidencia. Qué hay detrás de esa frase, qué dicen Mill y Baudrillard, y por qué esto se nota especialmente en Canarias.

2 de octubre de 2026

En el verano de 2024, Javier Santaolalla se sentó en un plató a debatir con dos terraplanistas. Fue en The Wild Project, el canal de Jordi Wild, junto a la periodista científica Rocío Vidal y frente a Mr. Tartaria y Rimbel. Le llovieron críticas desde dentro de la propia divulgación: que aquello daba altavoz a lo indefendible, que creaba una falsa equidistancia, que la ciencia no se debate.

Dos años después sigue pensando que hizo bien. Y en esta conversación explica por qué con una frase que conviene leer despacio:

«Le tengo más miedo al opresor del pensamiento que al terraplanista.»

¿Por qué aceptó, si al principio dijo que no?

Lo cuenta él: al principio no quiso. Cambió de idea al ver una tendencia que no le gustaba en su propio oficio, la de silenciar lo que se sale del consenso en vez de rebatirlo.

Y añade algo que desarma el argumento habitual contra ese tipo de debates: «la gente no es tonta». Quien cree que la Tierra es plana no es un idiota al que haya que apartar; es alguien que ha dejado de fiarse. En sus palabras, el terraplanismo no es la enfermedad, es el síntoma: aparece donde la desconfianza en las instituciones ya estaba.

Eso cambia la pregunta. Deja de ser «¿cómo callamos esto?» y pasa a ser «¿por qué hay tanta gente dispuesta a creerlo?».

¿Qué es peor, que alguien crea algo falso o que no se le deje decirlo?

Esa discusión tiene siglo y medio. John Stuart Mill la escribió en 1859 en Sobre la libertad, y Santaolalla lo cita en el episodio: silenciar una opinión, incluso una equivocada, le roba algo a quien la escucha. Si es falsa, perdemos la ocasión de ver por qué lo es. Si es verdadera, perdemos la verdad.

No es un argumento cómodo. Obliga a defender que hable alguien a quien preferirías no oír, y a hacerlo sin la comodidad de pensar que es tonto.

Él lo formula así: prefiere que hable el terraplanista aunque cuatro se lo crean, antes que la alternativa. Se puede estar en desacuerdo —mucha gente lo está, y con argumentos—, pero conviene discutir con lo que dice y no con la caricatura.

¿Y qué tiene que ver esto con la inteligencia artificial?

Todo, y ahí está la parte que más le preocupa.

Su temor no es que una máquina piense. Es que llegue un momento en que no se pueda distinguir lo que es real: un avatar tuyo diciendo cosas que nunca dijiste, una imagen que nunca ocurrió. Lo resume con una frase que se queda: pronto será más difícil predecir el pasado que el futuro, porque con estas herramientas se puede modificar la historia.

Para nombrar eso se apoya en Jean Baudrillard, que en 1981 escribió Cultura y simulacro sobre el momento en que la representación sustituye a la realidad. Baudrillard escribía sobre televisión. La descripción ha envejecido demasiado bien.

Y no está solo en la preocupación. En mayo de 2026, León XIV publicó Magnifica Humanitas, su primera encíclica, dedicada entera a la inteligencia artificial. Dice ahí que la IA no puede considerarse moralmente neutra y que su control no puede quedar en manos de unos pocos. Santaolalla la menciona en el episodio; no hace falta compartir su fe para reconocer que cuando el Papa, un divulgador científico y media Silicon Valley señalan el mismo problema, el problema existe.

¿Por eso lleva tres años estudiando Historia?

Sí, y esa es la parte del episodio que menos esperábamos.

Lleva tres años cursando una carrera de humanidades —historia, filosofía, literatura, arte— por una razón concreta: entender si lo que está pasando ya ha pasado antes. Su conclusión provisional es incómoda:

«Uno vive en esa sociedad democrática que piensa que es para siempre, pero la libertad es una guerra que cada generación tiene que luchar por mantenerla. No es algo que ya está dado, no es algo que podamos relajarnos y ya está: es un bien que se nos puede escapar.»

Es la frase más grave de la conversación y la dice sin dramatismo, casi de pasada, con la calma de quien ha leído lo suficiente como para no sorprenderse.

¿Y esto qué pinta en Canarias?

Más de lo que parece, por dos motivos.

El primero es que él está aquí. Llegó con nueve años desde un pueblo de Burgos, le llamaron «godo» toda la vida —dice que como chascarrillo, y que a él lo trataron bien— y se quedó. Cuando habla de pertenecer a un sitio no habla en abstracto: habla de una isla donde todavía se discute quién reparte el carnet de canario. Él mismo marca el límite cuando compara su llegada con la de una familia que viene en cayuco: dice que no se puede comparar, y tiene razón.

El segundo es más incómodo y es nuestro. Cada vez que en este canal se habla de identidad, la sección de comentarios se convierte en otra cosa. No es una impresión: al preparar este episodio ocultamos veinticuatro comentarios del canal, y veinte estaban en dos vídeos sobre identidad e inmigración. Insultos, racismo, una amenaza velada. Ninguno aportaba un argumento.

Eso es exactamente lo que describe Santaolalla cuando explica qué lleva a alguien a coger el móvil para insultar a un desconocido: el anonimato, lo fácil que resulta escribir, y una reactividad emocional que nadie te enseña a gestionar.

No lo contamos para dar pena. Lo contamos porque un movimiento que dice defender el pensamiento crítico y la empatía tiene que poder mirarse su propio patio.

¿Qué se puede hacer desde aquí?

Tres cosas, y ninguna es indignarse.

Discutir con las ideas y respetar a las personas. Es más lento y da menos clics. Es también lo único que ha funcionado alguna vez.

Comprobar antes de compartir. Si lo que llega por el móvil confirma exactamente lo que ya pensabas, ahí es donde conviene detenerse.

Y llevarlo a los sitios donde se forma la gente. Este episodio está troceado en fragmentos cortos, con guía, para que un profesor pueda ponerlo en clase y discutirlo. La idea no es nuestra: la escribió una espectadora en los comentarios de otro episodio, y le hicimos caso.


El episodio completo dura hora y media y está en YouTube y en las plataformas de podcast. En la ficha están los capítulos, la transcripción íntegra y los libros y documentos que se citan.