El clima de Canarias en 2050: qué cambia, qué se lleva el mar y qué depende de nosotros

Las olas de calor se han duplicado en veinte años y las noches tropicales han subido un 56% en tres décadas. Qué significa eso para las playas, para el turismo y para quien vive aquí.

16 de mayo de 2026

Hay una frase que conviene ir borrando: la de la eterna primavera. Canarias sigue teniendo un clima benévolo, pero es un clima donde pasan cosas, y cada vez pasan más. Eso es lo que sostiene Abel López Díez, profesor de la Universidad de La Laguna y presidente del Comité de Expertos de la Agenda Canaria 2030, en el episodio 14 de Efecto Folelé.

Lo que sigue no es un pronóstico catastrofista. Es lo que ya se mide, lo que se sabe con bastante certeza que va a pasar y lo que todavía depende de decisiones que se toman aquí.

¿Está cambiando de verdad el clima de las islas o es la sensación de siempre?

Está cambiando, y hay tres números que lo resumen. Las olas de calor se han prácticamente duplicado en Canarias en los últimos veinte años. Las noches tropicales —aquellas en las que el termómetro no baja de 20 grados— han aumentado alrededor de un 56% en las últimas tres décadas. Y la previsión es que a final de siglo llueva aproximadamente un tercio menos de lo que llueve ahora.

Para hacerse una idea de lo que significa ese tercio: en Santa Cruz suelen caer entre 230 y 240 litros al año. No es mucho de partida.

Lo de las noches tiene su propia escala. Por encima de 20 grados se llaman tropicales; por encima de 25, ecuatoriales; por encima de 30, tórridas. En una ciudad como Santa Cruz, prácticamente dos tercios del año el termómetro ya no baja de esos 20 grados por la noche.

¿Qué quiere decir que Canarias se está tropicalizando?

Que el clima de las islas se está pareciendo cada vez más al de latitudes más bajas, las que están más cerca del Ecuador. Se sabe por tres señales que apuntan en la misma dirección.

La primera es el agua. El mar alrededor de las islas está más cálido, y los fenómenos de origen tropical se mueven buscando aguas cálidas. Sus trayectorias se han ido acercando poco a poco. Sigue siendo poco probable que un huracán golpee Tenerife o Gran Canaria, pero es cada vez menos improbable.

La segunda son las noches tropicales, que ya hemos visto.

La tercera es cuándo llueve. El régimen de Canarias es mediterráneo: llueve en invierno. Lo que se observa es que esa lluvia se desplaza hacia la primavera y el otoño, y que empieza a llover más en verano. Llover en verano no es normal aquí. Es normal en un clima tropical.

¿Ya ha pasado algo así antes?

Sí, y se conoce poco. En 1826 el temporal de San Florencio, un episodio de lluvias torrenciales de origen tropical, arrasó el norte de Tenerife. Los barrancos bajaron con una violencia que todavía se recuerda en el casco antiguo de La Guancha, donde quedan marcas de hasta dónde llegó el agua. Murieron cerca de doscientas personas, entre las que fallecieron y las que desaparecieron. Sigue siendo el mayor desastre natural de la historia de Canarias.

Después ha habido más, aunque sin aquella factura: una tormenta tropical en 1975, Delta en 2005 y Hermine en 2022, que pasó de refilón pero pasó.

La lectura no es que venga un huracán mañana. Es que el imaginario de que aquí no pasa nada no se sostiene ni mirando hacia atrás.

¿Cuánto va a subir el mar y qué se lleva por delante?

Entre 80 centímetros y un metro en Canarias para final de siglo. Y a final de siglo se espera que alrededor del 10% de la superficie de nuestras playas se vea afectada.

La causa tiene dos partes. Tres cuartas partes del aumento global —que ronda los 20 centímetros en las dos últimas décadas— vienen del deshielo, sobre todo del Ártico, que ha perdido en torno al 40% de su superficie helada desde 1980. La cuarta parte restante es expansión térmica: el agua, al calentarse, ocupa más sitio.

Para un archipiélago, eso no es un dato de telediario. Los temporales marinos ya penetran más tierra adentro, y hay sectores que lo notan cada invierno: Garachico, el barrio de San Cristóbal en Las Palmas. Si el mar sube casi un metro, hay que revisar la ley de costas y los deslindes que dependen de ella.

Mientras tanto se sigue construyendo en primera línea. La normativa —la ley del suelo, la ley de cambio climático— ya obliga a estudiar cómo afectará el cambio climático a cualquier infraestructura costera. La pregunta es si ese estudio sirve para decidir o se queda en trámite, como pasa con los certificados de eficiencia energética, que según López Díez infravaloran la realidad de las viviendas y funcionan más como formalismo que como diagnóstico.

¿Se van a ir los turistas del norte de Europa?

No de golpe, y no por completo. Pero el clima no es un detalle del negocio: es el negocio. Entre el 90 y el 92% de quienes visitan las islas vienen por nuestras condiciones climáticas. Si fuera por el paisaje, Islandia tendría quince o dieciséis millones de turistas.

Lo que cambia es el confort climático, que es simplemente cómo percibe un visitante el clima de un destino. Si suben las temperaturas, cambia la humedad y cambia la insolación, esa percepción se mueve. No hacia el turismo cero, pero sí hacia un destino menos apetecible en según qué meses.

De ahí que el turismo sea, de todos los sectores, el que más estrategias de adaptación necesita en Canarias. Y que planificar mirando al clima que conocimos sea el error caro.

¿Por qué no se hace nada si ya sabemos lo que viene?

La respuesta de López Díez no va de dinero ni de color político: va de plazos. Una obra sencilla de adaptación —un dique, la reforma de un frente marítimo— se puede ir a cuatro o cinco años entre proyecto, licitación y desarrollo. Ese ritmo es incompatible con el ritmo del cambio climático.

Su comparación es incómoda y por eso funciona: con la misma urgencia con la que se tomaron medidas frente a la pandemia deberían tomarse aquí. Las figuras administrativas para ir por vía urgente existen. Lo que falta es tratar esto como lo que es.

Hay un dato que convierte el debate en aritmética: la ONU calcula que por cada euro invertido en prevención se ahorran unos siete en las consecuencias del desastre. Cuesta más apagar un incendio que gestionar el monte para que no se declare.

Y hay otro que lo convierte en algo más serio que aritmética. En 2023 se registró en Canarias una sobremortalidad de entre doscientas y trescientas personas vinculada al calor.

¿Qué se puede arreglar sin esperar a 2050?

El agua, para empezar. Hay municipios que pierden prácticamente la mitad de lo que entra en su red de abastecimiento por roturas y filtraciones. De cada dos litros, uno se va por la calle. En una isla que ha declarado emergencia hídrica, eso no es un problema técnico: es una prioridad que no se ha puesto por delante.

Se puede arreglar, y hay ejemplo. El Rosario perdía buena parte de sus recursos por el mal estado de la red y ha reducido mucho ese porcentaje simplemente apostando por mejorarla. No hizo falta una varita mágica: hizo falta decidir.

Lo mismo con los residuos líquidos. Seguimos con una red de emisarios que manda al mar lo que debería tratarse, y eso acaba en playas cerradas y en puntos negros que se repiten en Puerto de la Cruz y en el sur de Tenerife. La salida es reutilizar las aguas grises y tratar en plantas lo que hoy va directo.

Y una cosa más, de las que no aparecen en ningún plan: los refugios climáticos. Aquí ya hay olas de calor que rozan los 40 grados de máxima y noches por encima de 30, con gente mayor y vulnerable sin un sitio fresco donde pasarlas. Quien tiene aire acondicionado convive con eso. Quien no lo tiene, no.

¿Y nosotros qué pintamos en esto?

Canarias emite una parte ínfima de los gases de efecto invernadero del planeta. Es verdad, y es el argumento que se usa para no hacer nada. López Díez lo da la vuelta: hacemos las cosas bien porque queremos vivir en un territorio más amable y con mejor aire, no porque vayamos a arreglar las emisiones de India desde aquí.

En mitigación —reducir lo que emitimos— nuestro margen es pequeño. En adaptación —prepararnos para lo que viene— el margen es enorme y es nuestro. Ahí se decide si en 2050 seguimos teniendo paseo marítimo, si el agua llega a las casas y si el calor mata a menos gente.

Eso no se resuelve con un gobierno ni con una legislatura. Se resuelve con pactos que aguanten los cambios de gobierno y con dejar de usar la seguridad de las personas como material de trinchera. Ningún territorio del país se juega tanto con el clima como este, y ninguno debería tener menos ganas de convertirlo en política de barro.

La pregunta con la que se cierra el episodio es la buena: qué Canarias les queremos dejar a los que vienen detrás. La respuesta se firma en actas municipales, en redes de abastecimiento y en proyectos de frente marítimo. Se firma aquí.


Este artículo resume la conversación con Abel López Díez en el episodio 14 de Efecto Folelé. Los datos son los que él aporta en la entrevista.